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Para que el mundo no se deshaga.

Construimos un espacio en el que la apertura a la novedad es tan importante como la memoria y el pensamiento y en ese espacio hacemos escuela.    

En un libro de publicación reciente, el pedagógo español Jorge Larrosa retoma la canción “Los tiempos están cambiando” de Bob Dylan para trazar un paralelo con los cambios que se le exigen a la escuela[1]. A treinta años de la creación del Glaux, pensar en estos temas es casi un imperativo.

Los tiempos cambian y las exigencias de aggiornarse aumentan. Siempre arrojados hacia un adelante que, por sólo ser futuro, porta una connotación positiva asociada a aquello que se mueve, se adapta. Y que, como contrapartida, instala una fuerte carga negativa hacia aquellos que nos resistimos a ser arrastrados por esa fuerza arrolladora y pedimos tiempo para el pensamiento, valorando la memoria y afirmando que hay mucho en el mundo recibido que constituye las bases del mundo compartido. Mundo que, en cada momento, vamos rearmando y refundando sin descartes presurosos. La lógica del descarte y de la renovación del packaging como estrategia servirá, en todo caso, para las mercancías, pero nosotras estamos hablando de otra cosa.

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En este sentido, no estamos dispuestas a ser parte de los que afirman que todo tiempo pasado fue mejor, pero tampoco a aceptar el chantaje del futuro inevitable.

Algunos discursos mediáticos y políticos insisten en afirmar que la escuela es un dispositivo obsoleto: que los profesores somos anacrónicos, que estamos anquilosados, que necesitamos reciclarnos y actualizarnos. Ignoran que, desde nuestro rol y por nuestro rol, seguimos pensando y repensando el mundo en común. La tarea diaria nos interpela con respecto a qué es lo que debe permanecer, cómo y sobre qué bases conceptuales construimos lo nuevo y heredamos el mundo a los que nos siguen.

Hacer escuela, repensar el aula

Frente al planteo de la obsolescencia de la escuela volvamos al origen: revisemos la etimología del término como vía para poder evaluar de dónde venimos, dónde estamos y discutir con aquellos que sostienen que la escuela debe ser abandonada.

El término griego “scholḗ” remite a la idea de ocio, recreación o tiempo libre; distanciándose así, en sus orígenes, de las ideas de trabajo y obligación. La escuela era el tiempo del pensamiento y del diálogo con el maestro, el tiempo y el espacio del aprendizaje. Escuela era aquello que valía la pena hacerse.

Coincidimos con Larrosa en que lo que se nos impone es interrogarnos acerca de qué se trata hoy la escuela y qué hay que hacer para defenderla o recuperarla: “La escuela tiene que ver con la transmisión y renovación del mundo común -afirma-, tratar de que los nuevos, los que vienen al mundo, se interesen por el mundo, para que le presten atención, para que lo cuiden y lo renueven”[2].

Muchos profesores persistimos en la certeza de que hay un mundo que compartir, un mundo que requiere de una actitud amorosa y abierta frente a él, que nos permita reafirmarlo y al mismo tiempo pensar las transformaciones necesarias que el propio devenir trae. Muchos profesores pensamos que esta forma amorosa de heredar y recrear el mundo es uno de los roles de la Escuela. Y también, muchos profesores coincidimos en que el aula, dispositivo escolar por excelencia, sigue siendo un espacio valioso para que ese encuentro se produzca.

“Aula”, otra palabra griega: significa círculo ceremonial. Allí las personas centran su atención hacia lo que está en el medio. El aula contiene y protege. Es abrigo y refugio.

El aula como la instauración del espacio-tiempo del ejercicio, de la lectura y la escritura, de la conversación, del pensamiento y del estudio. El aula como comunidad que instala acuerdos y que permite detener la prisa y dar lugar a la palabra y a la distancia para el pensamiento.

Entendida de este modo, el aula sostiene sus claves y al mismo tiempo cambia, se amplía, escucha el devenir de los nuevos tiempos.

Nuestra búsqueda pasa por la apertura a nuevos formatos: entre ellos, la tercera edición de la Semana Loca, así como otras experiencias que se relatan en este anuario. Es interesante ver cómo esas experiencias no desarman el aula, sino que la repiensan de modo tal que los nuevos espacios se constituyen en círculos ceremoniales que habilitan el pensamiento y la circulación de la palabra en torno a temas de interés común.

Compartir saberes, herramientas e inquietudes docentes

Mientras están aquellos que se ocupan del desprestigio y la demonización de la escuela, dando cuenta solamente de los hechos negativos que ocurren en las aulas, nosotras organizamos una jornada de intercambio de experiencias didácticas con instituciones de nuestro barrio con el objetivo de seguir pensándola con otros.

Nos reunimos con profesores del Instituto Comunicaciones, del Nuevo Pensar, del Schiller Schule y del Instituto Virgen Niña y compartimos nuestras búsquedas ante los nuevos sujetos y las nuevas problemáticas que habitan la escuela.

Coincidimos en la necesidad de romper paredes, de dar la palabra, de abrir otros tiempos (más flexibles que los tiempos de “llegar con el programa”), de des-controlar, de desestructurar; de la indispensable disposición a convivir con algo de caos (a diferencia del orden ficticio de un aula en la que no pasa nada). Compartimos también la potencia que se genera al formar equipos y la necesidad de tiempos y espacios institucionales para que esto sea posible.

Una jornada sumamente estimulante en la que revalorizamos nuestro rol no como sujetos pasivos sino como docentes-investigadores que reflexionan sobre sus prácticas, elaboran hipótesis de trabajo, prueban y vuelven a probar, rediseñan sus propuestas en función de los resultados, buscan otras formas de evaluar. Fuimos los que hacemos la escuela los que tomamos la palabra y hablamos de ella; pusimos sobre la mesa nuestros interrogantes, experiencias y las tensiones que la propia estructura del sistema genera.

Cuando el escritor y filósofo argelino Albert Camus recibió el premio Nobel de Literatura en 1957, en su discurso, pronunció una frase que consideramos de gran actualidad: “Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”.

Y nosotras pensamos nuestra tarea en esta clave, reivindicamos el valor de la escuela y del aula en la transmisión de un mundo común porque creemos que hay algo valioso que transmitir; porque no queremos que el mundo se deshaga.

 

Nos reunimos con profesores del Instituto Comunicaciones, del Nuevo Pensar, del Schiller Schule y del Instituto Virgen Niña y compartimos nuestras búsquedas ante los nuevos sujetos y las nuevas problemáticas que habitan la escuela.

Muchos profesores persistimos en la certeza de que hay un mundo que compartir, un mundo que requiere de una actitud amorosa y abierta frente a él, que nos permita reafirmarlo y al mismo tiempo pensar las transformaciones necesarias que el propio devenir trae.

 


[1] Larrosa, Jorge (2019). Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio del profesor. Buenos Aires, Noveduc.

[2] Ídem.