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Pensamientos y voces que derriban muros...

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Cuando comenzó a construirse el edificio del Secundario, un cartel anunciaba: Aquí levantaremos las paredes para construir un mundo sin paredes. Esta leyenda, que debe haber impactado en su momento generando dudas entre los transeúntes que día a día veían cómo progresaba el edificio de Nazca 3330, es una realidad compleja y a la vez posible.

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¿Cómo es una escuela sin muros? ¿Cómo se dicta una clase o se coordina una actividad en una escuela donde las paredes no pueden contener el deseo, las ganas, la intensidad? Se me ocurren muchos otros interrogantes porque la sola imagen de una escuela sin paredes no coincide con la imagen que a cada uno de nosotros se nos representa cuando hablamos de una institución educativa, porque todos aprendimos en espacios cerrados, aislados donde ver más allá, avizorar un horizonte se hacía difícil.

Indudablemente una escuela sin muros debe elaborar una serie de dispositivos, herramientas y recursos que, desplegados orgánicamente a modo de cuerpo, permitan que el aprendizaje sea posible. Una escuela donde las paredes sean flexibles, se estiren, se derrumben involucra a todos los docentes desde un lugar de creación permanente, donde el sentido común con sus afirmaciones incontrastables se ponga en tela de juicio permanentemente de modo tal que desaparezcan los pre-conceptos y los prejuicios.

Una escuela sin muros implica establecer redes atravesadas por el pensamiento, el debate y la duda. Para reemplazar ladrillos se debe hacer escuela con palabras para que los chicos y sus maestros puedan apoderarse de los conocimientos generando experiencias, haciendo que pasen cosas porque tal vez ésta sea la clave: que algo suceda y en ese suceso está el aprendizaje.

Desde hace unos años desarrollamos un plan de encuentros semanales con los maestros para hablar. La idea no es imponer temas de charla, sino lo que va surgiendo, el acontecer, la anécdota, el problema y cuando hablamos de problemas, paulatinamente nos hemos ido corriendo de la queja de la vieja idea del problema como un obstáculo para pensarlo como oportunidad, de ese modo se ponen en práctica la imaginación, la creatividad, los saberes previos, la teoría contextualizada. Todo, al servicio de lo escolar. Los problemas que se instalan son pedagógicos, el acontecer del aprendizaje, pero también lo bueno que nos va sucediendo en la medida que vamos resolviendo lo que en algún momento nos generó dudas. La transversalidad es una de las claves de las reuniones porque si bien el rol directivo es el de gestionar la escuela y por algo los que asumimos ese rol tenemos unos cuantos años frente a grado, sin embargo los jóvenes docentes no sólo son portadores de saberes remozados, novedosos, teorías vanguardistas, sino que son los vivos representantes de una época y por lo tanto sus lógicas y perspectivas son muy enriquecedoras a la hora de analizar una situación particular.

Para reunirme con ellos, lógicamente debo tener mi propia mirada de la realidad escolar, entrar a las aulas, leer textos que generan los chicos, escuchar debates, disfrutar con ellos algunas actividades compartidas, ver de refilón, espiar, escuchar, entrar sigilosamente a un aula, compartir el patio del recreo. Caminar la escuela, transitarla con la mirada de un turista que se sorprende por todo. ¡Y de verdad me sorprendo! Siento un enorme placer cuando los escucho razonar sobre un texto leído en la clase de sociales, o cuando los veo argumentar sobre la manera más eficiente de resolver el algoritmo de la división en 4°, o apoderarse de un tema que está instalado en la opinión pública y debatir entre todos… Ver a niños y maestros trabajar con tanto entusiasmo en nuestra escuela me da un enorme placer. Luego de esas recorridas diarias tengo mi propia perspectiva de lo que sucede en la escuela y surge un diálogo con los maestros para enfrentar problemas (observándolos desde diversos ángulos, buscando rodeos, generando espacios novedosos) proyectar a futuro, pensar algunas prácticas.

Esos encuentros, hasta hace poco se realizaban a puertas cerradas en la Dirección de la escuela, sin embargo descubrí, casi al azar, que si los hacemos en la Sala de Maestros, el diálogo se enriquece aún más porque otras voces se escuchan, además de la del maestro del grado en cuestión. Otros docentes intervienen aportando ideas, posibles soluciones, comentando o relatando situaciones áulicas y se genera un verdadero encuentro entre pares que colabora mucho en la construcción de saber. La generosidad y solidaridad que se respira en la Sala de Maestros es conmovedora, nos hace sentir que no estamos solos, ni el maestro frente al dilema del aula, ni los directivos en la mirada macro.

Muchas veces sucede que los maestros se involucran tanto en la problemática escolar que es muy difícil poner en perspectiva lo que sucede, es ahí cuando la opinión del par, que si bien seguramente conoce a los grupos y sus formas de apropiación, genera nuevos espacios donde surgen ideas, experiencias previas que pueden aprovecharse para lograr otros escenarios, así va desapareciendo el aula territorio aislado, cerrado, para dar lugar a un no lugar escolar donde aparecen nuevas volver una vez terminada la jornada escolar.

Nuestros niños son portadores de saberes y sistemas de creencias que incorporaron desde la primera infancia y los ponen en juego en los patios del recreo y durante las horas de clase. ¿Cómo no permitir que el afuera enriquezca el adentro? ¿Hay afuera y adentro? ¿Acaso el bagaje cultural de las familias que componen nuestra escuela no es importante y enriquecedor? ¡Cómo no aventurarse entonces a abrir las ventanas y las puertas, derrumbar nuevamente muros para que ese saber fluya en la escuela! Es por eso que las familias participan activamente en el aprendizaje escolar de los chicos en diversas experiencias que van desde la crítica a la industria discográfica (que propone escenas de machismo) en sexto grado, durante las Jornadas de Educación Sexual Integral, hasta charlas debate protagonizadas por el Dr. Guillermo Jemar, especialista en Psiquiatría y Neurología Infantil y Eduardo Verdugo, Lic. en Psicología. Estas y muchas otras formas de participación familiar nos permiten un crecimiento en el saber, no sólo de nuestros chicos sino de cada docente, padre, madre y de la comunidad toda.

Una escuela sin paredes implica una deconstrucción, maestros dispuestos a revisar sus prácticas en forma permanente y la organización de redes que se tienden para acompañar procesos. Pienso que esa es una de las mejores maneras de derribar los muros escolares.

PROF. VIRGINIA ARIAS