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¿Quién se presenta hoy en la escuela?

Si respondemos a este interrogante, siempre abierto, podemos forjar más y mejores herramientas para enseñar y aprender.

Nuestros niños ingresan a la escuela primaria cargando en sus mochilas algo más que útiles escolares. Cargan, también, deseos que, sin querer o queriendo, les vamos poniendo en la mochila (que sean buenos alumnos, que entiendan, que brillen, que escriban sin errores) hasta transformarla en algo pesado de llevar. Tal vez muy pocos adultos se ponen a pensar en que lo verdaderamente deseable sería, quizás, que estos pequeños se preparen para un mundo muy diferente al de ellos. ¿Qué es, de hecho, ser un “buen alumno” hoy? ¿Y qué cosa saber leer y escribir? Quizá lo que debamos colocar en sus mochilas no sean deseos sino expectativas y dejarnos sorprender por el devenir.

generaciónpulgarcita

Para la infancia de nuestra generación la escuela lo era todo. Con el pizarrón rodeado de bancos a la manera de un altar, y la repetición de ciertas prácticas (memorizar verbos, tablas y estrofas) al modo de liturgias, la escuela se presentaba, en el orden del saber, como un templo del conocimiento. Sin embargo, las transformaciones tecnológicas acaecidas a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, permitieron la emergencia de otros espacios en los que el saber circula con mucho menos misticismo. Con la televisión, en el living o en la cocina, mirando la novela de la tarde, aprendíamos los roles y las necesidades que la cultura nos había asignado a hombres y mujeres con una lógica binaria. Después, cuando la televisión pasó a los dormitorios y cuando aparecieron las computadoras personales, el ritual se volvió solitario, individual. Para aprender bastaba con tener delante a uno de estos nuevos maestros que enseñaban ya no repitiendo letanías sino, simplemente, haciéndonos ver.

En los últimos años, el templo del saber llegó a nuestras manos: con él podemos saberlo todo. Con un simple movimiento táctil podemos lanzarnos al universo, surfear entre imágenes, sobrevolar la información y sentir que tenemos todo delante nuestro, sin esfuerzo físico e intelectual. Estos nuevos templos, cada vez más pequeños y luminosos, abiertos las 24 horas los 365 días del año, operan sobre la infancia con un poder inimaginable.

 

El mundo de Pulgarcita y el papel de la escuela

Entonces, ¿para qué la escuela? O mejor: si las pantallas se han instalado en el lugar del acceso a la información y el conocimiento, ¿qué lugar le queda? ¿Qué puede hacer la escuela ante tanta oferta de información y ante los feligreses de la tecnología que suponen que saben más que sus maestros?

Los cuerpos de nuestros chicos son inquietos, escurridizos, se aburren con facilidad porque el saber que la escuela intenta imponer como novedoso ya es conocido por ellos: corre por las redes, aparece en Youtube o Wikipedia, circula por las pantallas de los celulares. Nuestros alumnos nos dicen con sus actitudes: ¡Basta de palabrerías y clases aburridas! Profe, Seño, ¡sorpréndanme! ¡Escúchenme porque yo tengo mucho para decir, porque yo también sé y mi saber vale!

Nuestros niños tienen intereses muy definidos: abundan los expertos en ciertos temas, entre los que los dinosaurios ocupan el primer lugar, seguidos por las caricaturas y los mangas de la cultura oriental. Acceden a conocimientos sexuales muchas veces desvirtuados por la abundancia de videos pornográficos que los atraen y a su vez los asustan. Conocen mucho más que nosotros sobre el espacio exterior y sobre el calentamiento global, tema que los involucra porque entienden que es uno de los problemas contra los que deberán lidiar cuando sean adultos. Recurren a tutoriales para resolver todo tipo de problemas, desde cómo construir una grúa hasta cómo realizar tal o cual coreografía.

En ese contexto, estas mentes infantiles construyen su subjetividad: una subjetividad mediática que tiene nuevas formas de operar, con diferentes tiempos de procesamiento, nuevas formas de relación con el cuerpo individual y el colectivo. Nuestros niños van creciendo y desarrollando sus personalidades, diferenciándose cada vez más rápidamente de las generaciones que los preceden.

Estas pequeñas cabecitas están formateadas por las pantallas que, como explica el filósofo francés Michel Serres en Pulgarcita, reduciendo la duración de las imágenes a 7 segundos y el tiempo de las respuestas a las preguntas a 15, han destruido su facultad de atención.

Hoy, todo nos está dado por la sociedad del espectáculo, sin embargo los adultos reclamamos que aprendan como nosotros, sin pensar que, como dice nuestro autor, estamos frente a un nuevo tipo de humano, a quien apoda “Pulgarcita”, porque usa con una velocidad asombrosa sus pulgares para mandar mensajes a través del celular.

 

La revolución de Pulgarcitx

Aun si estamos hablando de todo un colectivo generacional, cuando decimos “Pulgarcita” hay una clara referencia a las mujeres más jóvenes que acceden, cada vez más, a títulos universitarios, puestos ejecutivos en empresas o cargos públicos o bien son líderes políticas, y están generando una revolución que transformará más temprano que tarde las formas de vincularse. Ya lo estamos percibiendo en las aulas cuando nuestros niños plantean la necesidad de que se les respete la posibilidad de escribir otro tipo de genéricos que no terminen en “o”; cuando hablan de inclusión y lo aplican; cuando ponen en duda su orientación sexual en forma abierta y son escuchados y comprendidos por sus pares; cuando comparten juegos que antes eran exclusivos de niños o niñas;  cuando forman filas mixtas sin pensarlo.

Nuestros Pulgarcitas se analizan a sí mismos, pueden pensarse y proyectarse en un mundo que entienden mejor que nosotros. Tal como afirma Serres, las religiones, las nacionalidades, los orígenes dividían y separaban a las generaciones anteriores hasta el punto de generar las guerras más atroces, sin embargo, estos nuevos individuos tienen un concepto de pertenencia más global y arman otros espacios que les permiten cerrar esas brechas.

Es difícil la tarea que nos toca a los docentes en estos tiempos porque cada vez se necesita menos de maestros explicadores y más de otros que inventen, propongan, desafíen, duden junto a sus chicos. Maestros armadores de juegos, creadores de espacios en los que algo suceda. Pero, como dice Michel Serres, una cosa es segura: “Antes de enseñar algo a alguien, es necesario al menos conocerlo”. ¿Quién se presenta hoy en la escuela? Para trabajar esta interrogante hay que aprender a escuchar, leer y observar sus cuerpos; involucrarse, empaparse de infancia y fundamentalmente vaciar sus mochilas, sacarles nuestros deseos y llenarlas con los suyos, con sus intereses, y enriquecerlas con los saberes que ya portan.

Estamos frente a un nuevo tipo de humano, a quien Serrés apoda “Pulgarcita”, porque usa con una velocidad asombrosa sus pulgares para mandar mensajes cada vez más rápidos y más completos a través del celular. Estos nuevos humanos hablan, piensan, interpretan el mundo que los rodea de manera diferente a la nuestra.

Es difícil la tarea que nos toca a los docentes en estos tiempos porque ya nadie necesita de maestros explicadores sino de otros que inventen, propongan, desafíen, duden junto a sus chicos. Maestros armadores de juegos, creadores de espacios en los que algo suceda.